viernes, 30 de julio de 2010

Los hombres del campero rojo

                                                                                           Los hombres del campero rojo
            Rafael Chaparro M


Edilbrando Joya era un estudiante de séptimo semestre de ingeniería mecánica de la Universidad Nacional. Era un estudiante normal: nunca había participado en una marcha, tampoco en una pedrea. Era el sábado 11 de septiembre de 1982. Doña Josefina de Joya y una hija suya que se encontraban en San Andrés habían llegado ese día. Edilbrando lo pasó con su madre. Fue un día común y corriente, un domingo de ir a visitar los amigos. Edilbrando salía todos los días antes de las siete de la mañana para la universidad. Ese lunes 13 de septiembre, en la casa de los Joya todos se levantaron temprano. Doña Josefina le dio un tinto y cien pesos.

-Es lo único que tengo, mijo.
-Tranquila, mami, que mientras tenga para los buses yo me defiendo –contestó Edilbrando. Entonces le pidió a su mamá una plata que le debía y ella le dijo que se la mandaría a la universidad, a las dos de la tarde, con su hermano menor. Después subió al sitio donde se encontraban sus otros hermanos y le preguntó a uno, que manejaba una buseta, si podía llevarlo. Él le respondió que no iba a hacer esa ruta. De manera que se despidió. Doña Josefina tenía la costumbre de mirar hacia qué lado cogía su hijo. Pero ese día no se fijó.

Eran como las seis y veinte de la mañana. Según un testigo que iba por la calle por donde caminaba Edilbrando, un jeep rojo se le acercó. El muchacho sonrió y se subió. Posteriores investigaciones concluyeron que ese vehículo había participado en varias desapariciones y la razón por la cual no lo introdujeron a la fuerza fue porque en él iba un estudiante que días antes había desaparecido. A Edilbrando le dio mucha alegría verlo. El testigo le dijo después a doña Josefina que él creía que los que iban en el jeep eran compañeros de Edilbrando, pues eran jóvenes y vestían como estudiantes.

Como a las siete de la mañana sonó el teléfono de la casa de los Joya. A la media hora otra llamada y a las ocho otra. La voz que hablaba al otro lado de la línea decía que Edilbrando no había ido ese día a la universidad a presentar un parcial. Esa mañana del 13 de septiembre, doña Josefina se fue para el aeropuerto a reclamar una mercancía que había traído de las islas y llegó a eso de las once, cuando entró otra llamada con el mismo mensaje. Entonces empezó a entrarle la angustia y le dijo a su hijo menor que almorzara y se fuera a la universidad a encontrarse con su hermano para que le entregara la plata.


Pero nunca presentó el parcial


El hermano lo esperó y Edilbrando nunca apareció. Además, este último tenía una cita con un compañero que lo esperó durante una hora. Entonces el hermano llamó a la casa para avisar que no se habían encontrado. Doña Josefina le ordenó que consignara el cheque en su cuenta y le dio el número. Para entonces la angustia de la madre ya había tocado fondo. El hermano mayor se fue para la Nacional a averiguar qué había sucedido. Como a las cinco de la tarde, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez era un compañero de Edilbrando, que muchas veces había venido a estudiar a su casa. Habló con doña Josefina y le dijo que aquel no había ido a presentar el parcial, pero que al otro día había chance de presentarlo. Además le dijo que le comunicara que esa noche lo esperaba en su casa para estudiar. Como a la media noche llegó el hijo que se había ido a la Nacional a averiguar por la suerte de Edilbrando.

Doña Josefina no se había podido dormir esperándolo. Cuando llegó le dijo:
-¿Qué pasó mijo?
-No se preocupe, mamá, que todo está bien.
Al otro día doña Josefina se levantó como de costumbre a las cinco de la mañana a preparar el desayuno. Entonces oyó que uno de sus hijos salía del baño. Ella le dijo, “Edilbrando, mijo, venga…” y una voz le contestó: “Soy Víctor, Edilbrando no vino anoche”.

-Vamos a buscarlo –dijo entonces uno de los hijos cuando el frío de la mañana se pegaba a los vidrios con ese olor gris del tedio.
Ese día estuvieron en los hospitales, estaciones de policía y cuarteles, en el F-2, en el DAS. El miércoles alguien les dijo que fueran al BIM en Usaquén. Allá fueron a parar doña Josefina y su esposo. Los recibió el sargento Herrera, quien desde un principio ultrajó al matrimonio Joya. El sargento les preguntó cuántos años tenía Edilbrando y de qué colegio se había “perdido”.
-Él no se ha perdido. Venimos a ver si está aquí –dijo doña Josefina.

Cuando la madre le dijo que era estudiante de la Universidad Nacional, el sargento afirmó que seguramente era uno de los subversivos que por esos días iban a poner una bomba por los lados de Chocontá. Y entonces procedió a mostrarles un arsenal que habían incautado.
-Miren, no hablemos más y váyanse. Es que los padres son unos alcahuetes –dijo el sargento mientras le ordenaba a un soldado que los sacara de la oficina. La rabia de los padres fue inmensa, pues ahora resultaba que según este militar, su hijo se “había perdido de un colegio y fuera de eso lo habían tildado de subversivo”. Llegaron cansados a la casa. Por la noche escucharon en un noticiero de la televisión que varios estudiantes de la Nacional habían desaparecido. Entre ellos estaba Edilbrando. Doña Josefina era la primera vez que había oído hablar de “desaparecidos”. Le preguntó a su hijo en qué consistía exactamente.
-Se cree que miembros de la policía y de las fuerzas armadas los capturan y nunca más vuelven a aparecer –aclaró el hijo sentado en el sofá frente al televisor.


Búsquelo en el B-2 y en el F-2


A la familia Joya le llegó una luz de consuelo, cuando en el mismo noticiero dijeron que unos estudiantes de la Nacional se habían tomado la Nunciatura para exigir la aparición de sus compañeros. El jueves llamaron de la oficina del rector, le dijeron que estaban con ella y que iban a hacer todo lo posible para que se adelantara una investigación. El mismo rector dijo que había enviado una carta al señor presidente relatándole el caso. Esa misma noche sonó el teléfono como a las doce. La voz le dijo que “ellos” lo tenían y le describieron cómo iba vestido. Que le habían prestado una ruana y que le habían dado de comer.

-Búsquelo en el F-2, en el B-2, señora. No lo vaya a dejar perder, pues él es un buen muchacho…
Le dijeron que sabría de Edilbrando por los periódicos. El viernes estuvieron otra vez en la universidad hablando con el rector. Regresaron a las diez y veinte de la mañana, apenas entraron a la casa sonó el teléfono. Doña Josefina le dijo a la hija que contestara:
-Es Edilbrando, mami.
-No, no quiero hablar con él –dijo doña Josefina.
La madre estaba contrariada porque creía que a lo largo de esos cinco días no había venido a la casa a propósito.
-Mami, él quiere hablar solamente con usted.
Por fin ella pasó al teléfono.
-Mamá, no se impresione, no se afane. Mamá, me tienen escondido –dijo Edilbrando.
-¿En qué lo puedo ayudar, mijo? –preguntó doña Josefina.
-En nada, mamá, en nada. –Y soltó el llanto. Los diarios dijeron que “estaba escondido”. A la otra semana fueron a las oficinas del F-2 y allí les dijeron que les podían ayudar. Les mostraron fotos de estudiantes desaparecidos. Les pidieron todos los datos sobre su hijo. Entre tanto las llamadas a media noche continuaron. La voz decía que no lo dejaran perder, que era un buen muchacho y que de pronto algún día, esa voz vendría a hacer una visita. Doña Josefina le ofreció a la voz dinero por su hijo, pero tal vez los veinte mil pesos que le propuso no le parecieron suficientes. Entonces ella fue al F-2 y puso en conocimiento de las autoridades estas llamadas. Mandaron un técnico para que las interceptara. Días más tarde llevó al mayor Vanegas del F-2, los casetes. Una mañana en una emisora un periodista dijo que alguien “había dicho que si soltaban a Edilbrando, liberarían a Gloria Lara”, quien estaba secuestrada en ese tiempo.

Fue nuevamente al F-2 y allí le dijeron que Edilbrando había sido testigo de la muerte de un profesor de la Nacional, Alberto Alava, asesinado cerca de la universidad. Pero en realidad lo que pasó fue que los estudiantes, entre ellos el hijo de doña Josefina, habían estado vigilando que el cuerpo del profesor no lo sacaran de la Nacional. Y también estuvo presente en el levantamiento del cadáver. Entonces Edilbrando con otros dos compañeros, que según parece también desaparecieron, improvisaron una alcancía y se dispusieron a recolectar dinero para el funeral de Alava. Doña Josefina cree que esta fue la causa de la desaparición de su hijo. Hasta que un día los titulares de los periódicos prendieron la rabia de la familia Joya. En efecto, las noticias decían que Edilbrando era uno de los secuestradores de Gloria Lara y que era buscado en todo el país por las autoridades.


Lo vieron por última vez en Gachalá


Entonces mandaron una carta de protesta a todos los medios de comunicación y fueron otra vez donde el mayor Vanegas. Desde ese día doña Josefina comprendió que él era uno de los verdugos de su hijo, porque ella le había dado todos los datos sobre Edilbrando, y después, quienes lo tenían en ese momento se habían enterado de su suerte y de su paradero. Doña Josefina le dijo que si a Edilbrando le faltaba un ojo, una pierna, o que si le habían hecho alguna tortura, que así se lo recibía. Después, con los familiares de los otros muchachos desaparecidos, acudieron a la Presidencia para que se adelantara una investigación. Así se hizo y el juez halló a cuatro policías culpables, pero la condena fue ridícula: quince a treinta días. Los policías dijeron que ellos hicieron eso por “órdenes de sus superiores”. Y sus superiores eran el mayor Vanegas y el coronel Nacyn Yanine Díaz. En total eran veintidós altos oficiales de la policía los que habían planeado la operación. ¿Los cargos? El secuestro de Gloria Lara y el secuestro de tres niños, hijos de un reconocido traficante, que luego aparecieron muertos.

“Mi hijo no está, pero yo estoy para defenderlo”, dice doña Josefina. El 4 de febrero de 1983, los familiares de los desaparecidos hacen una marcha y sacan las fotos de sus muchachos. Se empiezan a conocer diversos casos ocurridos en todo el país. Dos días después de su desaparición, un vecino amigo de la familia vio a Edilbrando en la plaza de mercado de Gachalá. Este testigo trabaja en la hidroeléctrica del Guavio y se encontraba allí de paso cuando vio a su amigo esposado y escoltado por unos hombres vestidos de civil.
-Hermanito, ¿usted qué hace aquí? –le dijo el vecino.
-No, aquí que me tienen metido en un problema –masculló Edilbrando mientras los hombres de civil trataban de apresar a su amigo, que a la postre se escabulló como pudo.

Un mes más tarde alguien dijo que a Edilbrando lo vieron otra vez en Gachalá. Los dueños de una posada donde estaban hospedados los detectives desaparecedores, afirmaron ante el juez que adelantaba la investigación que lo tenían amarrado a la pata de la cama. Y esa fue la última vez que lo vieron. Su rostro se lo tragó una mano en el largo camino de la niebla.

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