viernes, 10 de septiembre de 2010

 El discreto encanto de la libertad
Por: William Ospina
 
ME GUSTAN LOS VINOS ESPESOS, EL coñac aromado, el tequila festivo, el ron caribeño y (¡Oh, Joe Broderick!) el whisky irlandés.

El aguardiente tiene (para mí) demasiado azúcar y demasiado anís. Pero hay en la vida una hora, como decía Truman Capote, para pasar del jerez al martini.
Esos antiguos filtros estimulan la fiesta y animan la conversación. Cuánto no hemos hablado y hasta cantado bajo su influencia. Y si ahora abuso menos de ellos, es porque nos vuelven más necios de lo conveniente, porque al volante pueden ser mortales y porque el malestar de una mañana de guayabo es sin duda de estirpe infernal.
Fumé por veinte años, desde la adolescencia. Todavía me admira el placer que advierto en los fumadores apasionados: cómo se consumen con el cigarro, cómo vuelven sus horas humo y casi poesía. Yo nunca tuve tanta pasión: un día dejé el cigarrillo sin dificultad y sin duelo. Rechazo la persecución que hoy padecen los fumadores, me molesta verlos expulsados de los antros de la gran sociedad, solos y humeantes y melancólicos a las puertas de los salones del tedio virtuoso. Me parece incluso advertir que desde que se persigue el cigarrillo el mundo se ha vuelto más neurótico, más violento y más propicio al terror. A veces fumo un puro en una fiesta: disfruto su sabor, el denso contacto del humo aromado, y sé que no causa adicción: en semanas no vuelvo a sentir el deseo de probarlo.
Fumé dos veces marihuana y el resultado fue catastrófico: nunca me he sentido tan mal en mi vida. Me daría terror repetir esa ingrata experiencia. Pero conozco muchas personas que la consumen, y no pierden la conciencia ni la lucidez: me parecen tan inteligentes y diestras como antes de usarla. La considero, con toda sinceridad, más allá del efecto que obra en mí, una sustancia menos peligrosa socialmente que el alcohol. Del mismo modo, probé alguna vez cocaína: me sentí eufórico, locuaz, intranquilo. También, cosa rara, temerario, casi en la vecindad del peligro. No me interesa su uso, y no lo recomiendo.
Alguna vez, después de una operación grave, me fue suministrado algún derivado de morfina. No me lo advirtieron y por eso ignoré la causa de los sueños paradisíacos que me invadían en esos días. Podía soñar a voluntad, siempre con atmósferas en las que la naturaleza era el único motivo. Veía florecer llanuras bajo mi vuelo, avanzaba por bosques plácidos, me sentía entrando en espesuras misteriosas, muy cerca de hondos y generosos secretos del mundo. Un día, no tuve a la hora acostumbrada mi inyección analgésica y empecé a reclamarla. Alguien me dijo que ya no la necesitaba, y me sorprendí a mí mismo exclamando con énfasis: “Sí, sí la necesito”. Entonces comprendí que empezaba a padecer los vagos efectos de una adicción, y no insistí en mi reclamo.
Me gustaba jugar a las cartas, costumbre que ahora poco me atrae. Alguna vez me entusiasmó echar dinero en las máquinas tragamonedas, donde el juego de azar deja de serlo, porque está manipulado y programado para que el jugador siempre pierda. Olvidé que, como dice Borges, el dinero es tiempo futuro, que botarlo de ese modo insensato es desperdiciar la vida y que lo único que nos dieron es tiempo, y no mucho. Advertí que corría el riesgo de perder la voluntad, y con ella la íntima y moderada libertad con que contamos: entonces renuncié a la tentación. En noches de insomnio me he asomado a los juegos electrónicos: qué decepción perder horas enteras en un ejercicio mecánico y hostigante. Llegué a sentirme culpable, como el que ha bebido mucho y mal, pero no resultó tan difícil abandonar esos rituales.
Los mecanismos de la memoria, del pensamiento, del lenguaje y de la imaginación me parecen tan asombrosos, tan inexplicables, tan sutiles y tan sofisticados que no creo que tengamos derecho a jugar con ellos y ponerlos en peligro. Valoro como algo divino la lucidez y la serenidad: me repugna arriesgar el equilibrio mental, estar a merced de fuerzas desconocidas. Por otra parte, casi no creo necesitar estímulos para la imaginación: fantaseo a mi antojo, siento el lenguaje dócil a las asociaciones y los caprichos, en cada hecho percibo otras cosas posibles, derivaciones y vagas fantasmagorías. Los abusos con la mente me parecen la antesala de la locura y prefiero estímulos más serenos y alimentos más austeros. Los libros, las obras de arte, la música y la conversación son para mí drogas suficientemente estimulantes, más controlables que los bellos venenos. Pero esa embriaguez exige sobriedad.
No creo que el Estado tenga derecho a imponer decisiones sobre estos asuntos: pertenecen a un ámbito sagrado, al discreto encanto de la libertad personal. Nadie ha necesitado obligarme a renunciar a lo que me hace daño. Todo el mundo debería tener el mismo derecho a experimentar y a decidir.
Sé que hay todavía otras sustancias que pueden afectarnos más peligrosamente, que pueden dominar nuestra voluntad por entero. Y no estoy hablando de la viciosa política ni de los adictivos medios de comunicación. Creo que hay que estar advertidos contra ellas. Pero las prohibiciones del Estado nunca consiguen impedir que los adictos se abandonen a su adicción: por el contrario, los fuerzan a la clandestinidad, a la marginalidad y al peligro. La libertad es nuestro mayor privilegio; la educación y la amistad generosa, nuestra única y verdadera protección. Lo demás es arbitrariedad, irrespeto y locura.

viernes, 30 de julio de 2010

Ulrica

Ulrica
(el libro de la arena)
Jorge Luis Borges

Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, o cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Eramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.

La frase quería ser ingeiosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.

Uno de los presentes comentó:
-No es la primera vez que los noruegos entran en York.
-Así es -dijo ella-. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresióno su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descrubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:
-¿Qué es ser colombiano?
-No sé -le respondí-. Es un acto de fe.
-Como ser noruega -asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:
-A mí también. Podemos sair los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven.

No había un alma en los campos. Le propusé que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:
-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.
-En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.

-De Quincey -respondí- dejó de buscarla.

Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.

-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos.

Me apartó con suave firmeza y luego declaró:
-Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Tezas, clara y esbelta como Ulrica que me había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano seguimos.

-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño.

-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.

Agregó después.

-Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

-En estas tierras -dije-, piensan que quien está por morir prevé el futuro.

Y yo estoy por morir -dijo ella.

La miré atónito.

-Cortemos por el bosque -la urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate.

-El bosque es peligroso -replicó.

Seguimos pos lor páramos.

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

-Javier Otálora- le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa.

Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild.

Había demorado el paso.

-¿Conoces la saga?- le pregunté.

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

-¿Oíste el lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaba muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba al tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.

Caminante no hay camino

caminante no hay camino
Antonio Machado

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...

Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso

Un submarino amarillo con mariposas por favor

Un submarino amarillo con mariposas por favor
Rafael Chaparro M.

Bogotá es una ciudad de buses. El bus. El pito. El bus es ese gusano ruidoso, ese acuario donde día a día miles de rostros se sumergen en sus aguas para atravesar la espuma ácida de la ciudad y los vapores venenosos de una ciudad que quema el aliento, la mirada, los cuerpos. Tal vez en ninguna otra ciudad del mundo entero existan buses con consultorios médicos, psicológicos y parapsicológicos. Esta es la única ciudad con buses, con brujos y médicos a bordo.

El sol revienta contra los vidrios del bus. El smog se pega a las nubes. Los pitos revientan las hojas de los árboles. El mundo empieza a poblarse lentamente de ruidos, de nubes negras y buses. Entonces se sube al bus que va por la troncal un estudiante del centro médico naturista a promocionar el último purgante natural formulado por tres reconocidos médicos homeópatas que tienen su consultorio debajo de la Caracas y mierda, el chofer grita desde su asiento que por favor el caballero de atrás que tiene cara de cucaracha que no se haga el guevón, que por favor se corra al fondo del carro que está vacío y el caballero le responde que no se le da la puta gana porque esa mañana al despertarse se dio cuenta de que estaba convertido en un monstruoso insecto y entre tanto el estudiante del centro naturista ya va diciendo que el tal jarabe es de raíces chinas, de jingseng, y que tal, que todo tiene que ver con el ying y el yang, que el verraco jarabe tan solo vale doscientos pesos, que doscientos pesos no hacen pobre a nadie, que el jarabe limpia el hígado, los riñones, el aparato digestivo, pero qué vaina tan jodida, el jarabe no cura la chucha de la señora que se subió con tres paquetes de Cafam y que aletea de aquí para allá, del ying al yang sus brazos y mierda solamente un candelario de mochila le compra el purgante al estudiante naturista porque purgante es ir en ese bus lleno de rostros inciertos, purgante es el olor a zanahoria del bus, purgante son las nalgas descomunales de las monjitas que van en el asiento de atrás rezando Dios te salve María llena eres de gracia el Señor está contigo bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús, purgante es la cara del conductor del bus que nuevamente insiste en que el caballero de saco azul es un malparido que no se quiere correr un poco hacia atrás.

Más adelante se sube el brujo de la troncal con las pócimas para el amor y las muertes. A cada pasajero le reparte unos frasquitos de colores. El color rojo es para recuperar el amor perdido. El frasquito verde es para enamorarse a primera vista y el amarillo para obtener dinero rápido y al instante, mejor dicho más efectivo que la instantánea. Un frasquito allí, otro frasquito allá y también la promoción de la cruz de los siete poderes bendecida a orillas del río Nilo por un brujo que conoce los secretos de Osiris, pero qué va, a lo mejor Osiris se llame en verdad Osiris González y tal vez el Nilo que conoce con las Residencias Nilo de Chapinero donde se lleva a las viejitas que trama con sus menjurjes, a ver, a ver, quién dijo suerte, quién dijo suerte, allá el caballero se le apunta a la fórmula mágica de los siete poderes, poderes comprobados y claro varios pasajeros compran los frasquitos y otros se ponen la cruz de los siete poderes y luego se bajan del bus pensando que ya tienen resuelto el problema ese de la soledad alquilada, y que a lo mejor con su frasquito amarillo la suerte cambiará y entonces la mañana será amarilla, se levantará una mujer amarilla, el desayuno les sabrá amarillo, reirán amarillo, harán el amor amarillo, respirarán amarillo, morirán amarillo y entonces por primera vez en sus vidas ya no volverán a tomar un bus amarillo, sino que saldrán a la calle y tomaran un submarino amarillo para atravesar ese océano negro de la ciudad infestado de pequeños náufragos que no saben dónde quedan las mañanas, pequeños náufragos ebrios de smog, vueltos mierda, que tienen las miradas pobladas de soledades amarillas.

Los hombres del campero rojo

                                                                                           Los hombres del campero rojo
            Rafael Chaparro M


Edilbrando Joya era un estudiante de séptimo semestre de ingeniería mecánica de la Universidad Nacional. Era un estudiante normal: nunca había participado en una marcha, tampoco en una pedrea. Era el sábado 11 de septiembre de 1982. Doña Josefina de Joya y una hija suya que se encontraban en San Andrés habían llegado ese día. Edilbrando lo pasó con su madre. Fue un día común y corriente, un domingo de ir a visitar los amigos. Edilbrando salía todos los días antes de las siete de la mañana para la universidad. Ese lunes 13 de septiembre, en la casa de los Joya todos se levantaron temprano. Doña Josefina le dio un tinto y cien pesos.

-Es lo único que tengo, mijo.
-Tranquila, mami, que mientras tenga para los buses yo me defiendo –contestó Edilbrando. Entonces le pidió a su mamá una plata que le debía y ella le dijo que se la mandaría a la universidad, a las dos de la tarde, con su hermano menor. Después subió al sitio donde se encontraban sus otros hermanos y le preguntó a uno, que manejaba una buseta, si podía llevarlo. Él le respondió que no iba a hacer esa ruta. De manera que se despidió. Doña Josefina tenía la costumbre de mirar hacia qué lado cogía su hijo. Pero ese día no se fijó.

Eran como las seis y veinte de la mañana. Según un testigo que iba por la calle por donde caminaba Edilbrando, un jeep rojo se le acercó. El muchacho sonrió y se subió. Posteriores investigaciones concluyeron que ese vehículo había participado en varias desapariciones y la razón por la cual no lo introdujeron a la fuerza fue porque en él iba un estudiante que días antes había desaparecido. A Edilbrando le dio mucha alegría verlo. El testigo le dijo después a doña Josefina que él creía que los que iban en el jeep eran compañeros de Edilbrando, pues eran jóvenes y vestían como estudiantes.

Como a las siete de la mañana sonó el teléfono de la casa de los Joya. A la media hora otra llamada y a las ocho otra. La voz que hablaba al otro lado de la línea decía que Edilbrando no había ido ese día a la universidad a presentar un parcial. Esa mañana del 13 de septiembre, doña Josefina se fue para el aeropuerto a reclamar una mercancía que había traído de las islas y llegó a eso de las once, cuando entró otra llamada con el mismo mensaje. Entonces empezó a entrarle la angustia y le dijo a su hijo menor que almorzara y se fuera a la universidad a encontrarse con su hermano para que le entregara la plata.


Pero nunca presentó el parcial


El hermano lo esperó y Edilbrando nunca apareció. Además, este último tenía una cita con un compañero que lo esperó durante una hora. Entonces el hermano llamó a la casa para avisar que no se habían encontrado. Doña Josefina le ordenó que consignara el cheque en su cuenta y le dio el número. Para entonces la angustia de la madre ya había tocado fondo. El hermano mayor se fue para la Nacional a averiguar qué había sucedido. Como a las cinco de la tarde, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez era un compañero de Edilbrando, que muchas veces había venido a estudiar a su casa. Habló con doña Josefina y le dijo que aquel no había ido a presentar el parcial, pero que al otro día había chance de presentarlo. Además le dijo que le comunicara que esa noche lo esperaba en su casa para estudiar. Como a la media noche llegó el hijo que se había ido a la Nacional a averiguar por la suerte de Edilbrando.

Doña Josefina no se había podido dormir esperándolo. Cuando llegó le dijo:
-¿Qué pasó mijo?
-No se preocupe, mamá, que todo está bien.
Al otro día doña Josefina se levantó como de costumbre a las cinco de la mañana a preparar el desayuno. Entonces oyó que uno de sus hijos salía del baño. Ella le dijo, “Edilbrando, mijo, venga…” y una voz le contestó: “Soy Víctor, Edilbrando no vino anoche”.

-Vamos a buscarlo –dijo entonces uno de los hijos cuando el frío de la mañana se pegaba a los vidrios con ese olor gris del tedio.
Ese día estuvieron en los hospitales, estaciones de policía y cuarteles, en el F-2, en el DAS. El miércoles alguien les dijo que fueran al BIM en Usaquén. Allá fueron a parar doña Josefina y su esposo. Los recibió el sargento Herrera, quien desde un principio ultrajó al matrimonio Joya. El sargento les preguntó cuántos años tenía Edilbrando y de qué colegio se había “perdido”.
-Él no se ha perdido. Venimos a ver si está aquí –dijo doña Josefina.

Cuando la madre le dijo que era estudiante de la Universidad Nacional, el sargento afirmó que seguramente era uno de los subversivos que por esos días iban a poner una bomba por los lados de Chocontá. Y entonces procedió a mostrarles un arsenal que habían incautado.
-Miren, no hablemos más y váyanse. Es que los padres son unos alcahuetes –dijo el sargento mientras le ordenaba a un soldado que los sacara de la oficina. La rabia de los padres fue inmensa, pues ahora resultaba que según este militar, su hijo se “había perdido de un colegio y fuera de eso lo habían tildado de subversivo”. Llegaron cansados a la casa. Por la noche escucharon en un noticiero de la televisión que varios estudiantes de la Nacional habían desaparecido. Entre ellos estaba Edilbrando. Doña Josefina era la primera vez que había oído hablar de “desaparecidos”. Le preguntó a su hijo en qué consistía exactamente.
-Se cree que miembros de la policía y de las fuerzas armadas los capturan y nunca más vuelven a aparecer –aclaró el hijo sentado en el sofá frente al televisor.


Búsquelo en el B-2 y en el F-2


A la familia Joya le llegó una luz de consuelo, cuando en el mismo noticiero dijeron que unos estudiantes de la Nacional se habían tomado la Nunciatura para exigir la aparición de sus compañeros. El jueves llamaron de la oficina del rector, le dijeron que estaban con ella y que iban a hacer todo lo posible para que se adelantara una investigación. El mismo rector dijo que había enviado una carta al señor presidente relatándole el caso. Esa misma noche sonó el teléfono como a las doce. La voz le dijo que “ellos” lo tenían y le describieron cómo iba vestido. Que le habían prestado una ruana y que le habían dado de comer.

-Búsquelo en el F-2, en el B-2, señora. No lo vaya a dejar perder, pues él es un buen muchacho…
Le dijeron que sabría de Edilbrando por los periódicos. El viernes estuvieron otra vez en la universidad hablando con el rector. Regresaron a las diez y veinte de la mañana, apenas entraron a la casa sonó el teléfono. Doña Josefina le dijo a la hija que contestara:
-Es Edilbrando, mami.
-No, no quiero hablar con él –dijo doña Josefina.
La madre estaba contrariada porque creía que a lo largo de esos cinco días no había venido a la casa a propósito.
-Mami, él quiere hablar solamente con usted.
Por fin ella pasó al teléfono.
-Mamá, no se impresione, no se afane. Mamá, me tienen escondido –dijo Edilbrando.
-¿En qué lo puedo ayudar, mijo? –preguntó doña Josefina.
-En nada, mamá, en nada. –Y soltó el llanto. Los diarios dijeron que “estaba escondido”. A la otra semana fueron a las oficinas del F-2 y allí les dijeron que les podían ayudar. Les mostraron fotos de estudiantes desaparecidos. Les pidieron todos los datos sobre su hijo. Entre tanto las llamadas a media noche continuaron. La voz decía que no lo dejaran perder, que era un buen muchacho y que de pronto algún día, esa voz vendría a hacer una visita. Doña Josefina le ofreció a la voz dinero por su hijo, pero tal vez los veinte mil pesos que le propuso no le parecieron suficientes. Entonces ella fue al F-2 y puso en conocimiento de las autoridades estas llamadas. Mandaron un técnico para que las interceptara. Días más tarde llevó al mayor Vanegas del F-2, los casetes. Una mañana en una emisora un periodista dijo que alguien “había dicho que si soltaban a Edilbrando, liberarían a Gloria Lara”, quien estaba secuestrada en ese tiempo.

Fue nuevamente al F-2 y allí le dijeron que Edilbrando había sido testigo de la muerte de un profesor de la Nacional, Alberto Alava, asesinado cerca de la universidad. Pero en realidad lo que pasó fue que los estudiantes, entre ellos el hijo de doña Josefina, habían estado vigilando que el cuerpo del profesor no lo sacaran de la Nacional. Y también estuvo presente en el levantamiento del cadáver. Entonces Edilbrando con otros dos compañeros, que según parece también desaparecieron, improvisaron una alcancía y se dispusieron a recolectar dinero para el funeral de Alava. Doña Josefina cree que esta fue la causa de la desaparición de su hijo. Hasta que un día los titulares de los periódicos prendieron la rabia de la familia Joya. En efecto, las noticias decían que Edilbrando era uno de los secuestradores de Gloria Lara y que era buscado en todo el país por las autoridades.


Lo vieron por última vez en Gachalá


Entonces mandaron una carta de protesta a todos los medios de comunicación y fueron otra vez donde el mayor Vanegas. Desde ese día doña Josefina comprendió que él era uno de los verdugos de su hijo, porque ella le había dado todos los datos sobre Edilbrando, y después, quienes lo tenían en ese momento se habían enterado de su suerte y de su paradero. Doña Josefina le dijo que si a Edilbrando le faltaba un ojo, una pierna, o que si le habían hecho alguna tortura, que así se lo recibía. Después, con los familiares de los otros muchachos desaparecidos, acudieron a la Presidencia para que se adelantara una investigación. Así se hizo y el juez halló a cuatro policías culpables, pero la condena fue ridícula: quince a treinta días. Los policías dijeron que ellos hicieron eso por “órdenes de sus superiores”. Y sus superiores eran el mayor Vanegas y el coronel Nacyn Yanine Díaz. En total eran veintidós altos oficiales de la policía los que habían planeado la operación. ¿Los cargos? El secuestro de Gloria Lara y el secuestro de tres niños, hijos de un reconocido traficante, que luego aparecieron muertos.

“Mi hijo no está, pero yo estoy para defenderlo”, dice doña Josefina. El 4 de febrero de 1983, los familiares de los desaparecidos hacen una marcha y sacan las fotos de sus muchachos. Se empiezan a conocer diversos casos ocurridos en todo el país. Dos días después de su desaparición, un vecino amigo de la familia vio a Edilbrando en la plaza de mercado de Gachalá. Este testigo trabaja en la hidroeléctrica del Guavio y se encontraba allí de paso cuando vio a su amigo esposado y escoltado por unos hombres vestidos de civil.
-Hermanito, ¿usted qué hace aquí? –le dijo el vecino.
-No, aquí que me tienen metido en un problema –masculló Edilbrando mientras los hombres de civil trataban de apresar a su amigo, que a la postre se escabulló como pudo.

Un mes más tarde alguien dijo que a Edilbrando lo vieron otra vez en Gachalá. Los dueños de una posada donde estaban hospedados los detectives desaparecedores, afirmaron ante el juez que adelantaba la investigación que lo tenían amarrado a la pata de la cama. Y esa fue la última vez que lo vieron. Su rostro se lo tragó una mano en el largo camino de la niebla.

tactica y estrategia

tactica y estrategia
Mario Benedetti

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.
Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.
Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

El viento en la isla.

El Viento en la isla
Pablo Neruda


El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.

Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.

Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.

Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.

Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.

Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.